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[ASESINO EN SERIE] Alexander "Sawney” Beane

#1


En la Escocia del siglo xvi, gobernada por Jaime I, vivió Alexander "Sawney” Beane,quien protagonizaría, junto a su familia, una de las historias criminales más truculentas de la época.
Beane había nacido en el condado de East Lothian, ubicado a unos 13 kilómetros al este de la ciudad de Edimburgo. Hijo de un granjero que cultivaba jardines y cavaba zanjas para las granjas cercanas o para el condado, Beane comenzó a ganarse el pan desarrollando la misma actividad que su padre, pero pronto supo que trabajar no era para él. Mucho menos lo era trabajar tan duro.

No se conoce exactamente la fecha de su nacimiento, por lo que resulta imposible saber con exactitud qué edad tenía ese joven que una mañana abandonó la casa familiar en compañía de una muchacha llamada Agnes Douglas, que ya había sido acusada de bruja. Juntos marcharon hacia el lado opuesto del país y decidieron instalarse en una cueva próxima a la playa del litoral del condado de Galloway.
La cueva en cuestión tenía una entrada muy estrecha, casi una grieta, pero esa pequeña boca comunicaba con una caverna de alrededor de un kilómetro y medio deextensión. Era un departamento de difícil acceso, pero sumamente amplio.
El lugar elegido por Sawney y Agnes estaba alejado de pueblos y aldeas, pero se ubicaba en las proximidades de un camino que debían recorrer los viajeros para ir de un pueblo a otro. El tránsito de viajantes que iban y venían le sirvió a la pareja para subsistir los primeros años. Los asaltaban, los mataban, y se quedaban con sus pertenencias, alimentos y abrigos.

Sin embargo, cuando comenzaron a llegar sus primeros hijos, las exigencias aumentaron considerablemente. Lo que podían robarles a los viajeros ya no era
suficiente para alimentar a la prole. Sobre todo porque, durante esos primeros tiempos, la pareja sólo asaltaba a viajantes solitarios o, a lo sumo, a una pareja.

Con la misma certeza con que supo que el trabajo no era lo suyo, Alexander supo que al “negocio” había que darle una vuelta de tuerca.
Un peculiar paraíso La vida en la cueva no tenía normas, pruritos ni leyes, al menos los que tienen las sociedades civilizadas. El incesto era una práctica habitual entre los integrantes del grupo familiar, por lo que la “comunidad” de la cueva creció notablemente. Cuando fueron descubiertos y atrapados, sus integrantes eran ya 48 personas, de las cuales 21 eran mujeres.

Con el crecimiento de la familia, la necesidad de comida aumentaba. Ya no podían darse el lujo de quedarse sólo con lo que el viajante llevaba. Una vez asesinado, el viajero era transportado al interior de la cueva y allí se convertía en la comida diaria de la familia. Ya devorado lo sustancial, los restos del cuerpo eran arrojados al mar, de noche, lo más lejos posible de la cueva.

Así, cabezas, brazos o piernas de seres humanos comenzaron a aparecer en las costas de Galloway, generando entre los habitantes, además de terror, hipótesis tan increíbles como que algunas de las playas estarían habitadas por hombres lobos. Y, a su manera, lo estaban.



Durante los 25 años en que la familia de Sawney Beane vivió en la inmensa cueva, las desapariciones de viajantes que pasaban por el camino de la costa fueron en aumento, así como el terror de las poblaciones que rodeaban la fatal madriguera. Confundidas, y sin encontrar explicaciones razonables, las autoridades decidieron enviar espías para observar qué cosa ocurría y a qué se debían las muertes. Los resultados fueron frustrantes: muchos no regresaron jamás; otros sí volvieron, pero sin haber observado nada anormal.
El pánico comenzó a generalizarse, y las autoridades, procurando dar respuesta a las exigencias de la gente, empezaron a llevar a cabo detenciones y hasta ejecuciones de sospechosos. Las primeras víctimas fueron los posaderos en cuyos cuartos se alojaron viajeros que luego desaparecieron.
Tan despiadada fue la persecución que las autoridades ejercieron sobre los posibles culpables de las desapariciones, que muchos propietarios de posadas de
la zona abandonaron sus negocios y se mudaron de ciudad. Para entonces, la familia había desarrollado una técnica sofisticada de ataque. En la
medida en que el grupo aumentaba, su capacidad para perpetrar los asaltos también crecía. Ya no se esperaba a que fuesen sólo dos los viajantes (excepto que anduviesen a caballo). Ahora la familia de Sawney cargaba contra grupos de hasta seis personas, y preparaba emboscadas sucesivas. De este modo, si algún integrante del grupo eludía la primera, caía en la segunda, o en la tercera, método que les aseguraba que nadie pudiese escapar.

Sin embargo, una tarde de mediados de 1435, la familia de Sawney se lanzó sobre un matrimonio que volvía de una feria realizada cerca de su cueva. Ambos montaban el mismo caballo.

Los asaltantes caníbales se abalanzaron sobre la pareja, pero sólo pudieron des montar a la mujer. El hombre se defendía valientemente con su espada en una mano y una pistola en la otra.
Mientras luchaba desesperadamente, el viajante vio cómo su mujer, en el suelo, era asesinada, degollada y luego destripada sin miramientos. Los caníbales bebían desaforadamente la sangre y comían pedazos de carne cruda. La suerte, empero, habría de estar del lado del pobre hombre. Un grupo de unas 30 personas, que también volvía de la feria, apretó el paso de los caballos al oír los gritos y llegó al lugar del asalto. Sawney Beane y su familia huyeron hacia la cueva, pero el Paraísose había terminado; ya habían sido descubiertos.

Cuando el grupo, incluyendo al hombre que había sido asaltado, llegó a Glasgow, todos informaron lo ocurrido a los jueces, y éstos al rey.
Cuatro días más tarde, Jaime I en persona, al frente de un ejército de 400 soldados y decenas de perros sabuesos, partió hacia la zona, dispuesto a encontrar a los caníbales. Los perros hallaron la cueva, los 48 integrantes del clan fueron arrestados, y el rey decidió que no eran merecedores, siquiera, de un juicio. Los hombres fueron desmembrados en público, y las mujeres acabaron en la hoguera.

La Ley de Talión no se cumplió del todo. Nadie devoró sus cuerpos.