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[CASO ABIERTO] Gloria Martínez: atada, sedada y perdida en la noche

Tema en 'Caso Abierto' comenzado por The Yard, 12 de Septiembre de 2017.

  1. The Yard

    The Yard Member

    ESPANTO EN EL PSIQUIÁTRICO
    Ocurrió 15 días antes del suceso de Alcàsser. Gloria Martínez Ruiz se esfumó en plena noche de una clínica situada en un paraje solitario y oscuro, a cinco kilómetros de Alfaz del Pi (Alicante). Los responsables del centro siempre han sostenido que la joven huyó, saltando la tapia que lo rodeaba. Sin embargo, testimonios de varias personas, que tuvieron relación laboral con dicho establecimiento, coinciden en afirmar que algo extraño ocurrió. Sospechan que no salió de allí con vida.

    Era una chica normal, de 17 años de edad, que vivía con su familia. No padecía ninguna patología, tan sólo algún pequeño problema alimenticio y de sueño. Sus padres, temerosos de que pudiera derivar en depresión o bulimia, la llevaron a la consulta de una psiquiatra, María Victoria Soler.

    Después de un año de tratamiento, en el que la muchacha experimentó una notable mejoría, la doctora insistió en que debía realizar terapia de grupo, pero ella se negó. Al tiempo sus progenitores volvieron a llevarla a la facultativa, quien impuso, para proseguir atendiéndola, que fuera internada unos días en una clínica de la que era directora adjunta.

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    Gloria Martínez, desaparecida.

    Aunque inicialmente se resistieron al ingreso, pues no veían tan mal a su hija y, encima, el coste era de 45.000 pesetas diarias, acabaron cediendo ante la insistencia de la especialista.

    “Lo único que sabemos es que dejamos una hija y ya no la hemos vuelto a ver. Esto es algo terrorífico”. Es la síntesis que nos hizo Álvaro Martínez. El testimonio desgarrador de un hombre, con sentimiento de culpa, y que no descansará hasta que alguien le explique qué paso con su hija.

    La clínica Torres de San Luis carecía de licencia administrativa para funcionar como centro de ingreso psiquiátrico. Era una residencia para combatir el estrés, creada en un principio con la intención de que acogiera a famosos y acaudalados en busca de relax. La finca, que con anterioridad había sido un centro nudista, estaba rodeada de una valla que, por la desigualdad del terreno, alcanzaba de dos a cuatro metros de altura.

    Gloria ingresó la mañana del 29 de octubre de 1992. Su estancia no pudo ser más corta. Las dos enfermeras que estaban de guardia cuando desapareció, Cristina Arguiano y Amparo Císcar, observaron al mediodía que se mostraba muy nerviosa y la ataron a la cama, boca abajo. Después le inyectaron Haloperidol, Lagarctil y Sinogán (sedantes y ansiolíticos), siguiendo instrucciones de la doctora Soler. Ante la Guardia Civil declararon, con algunas contradicciones entre ambas, que alrededor de la una y cuarto de la madrugada la chica se despertó muy nerviosa y pidió ir al baño. Circunstancia que aprovechó para forcejear con una de ellas, a la que dio un empujón, escapando por una ventana del bungalow. A la carrera saltó el elevado muro que bordeaba la clínica.

    Aquella noche en la casa de reposo solo estaban las dos sanitarias y los caseros, un matrimonio búlgaro. No se avisó a la familia ni a la Policía hasta las ocho de la mañana.

    En la supuesta huida tuvo que salvar varios muretes de 50 centímetros, atravesar los jardines –algunos de ellos con cactus– y finalmente superar una tapia bastante alta. Todo ello de noche cerrada y oscura como boca de lobo. Y, lo que es más incomprensible, sin gafas o lentillas, pese a que tenía una miopía de ocho dioptrías en cada ojo. Sin ellas tan solo veía, a media distancia, colores borrosos y sombras.

    La inspección ocular técnico-policial resultó totalmente infructuosa. Tras un exhaustivo rastreo de la zona no se halló ninguna evidencia que constatara la fuga de la interna. El césped del jardín estaba intacto: ni una sola pisada, ni rama alguna quebrada, no existían manchas de tierra en la pared... Para trepar por el muro se necesitaba una silla o algo similar; un tablón, que estaba arrinconado, no tenía ninguna señal de haber sido utilizado. Los médicos reconocieron que, bajo los efectos de los tres fármacos que le administraron, resulta casi imposible mover un dedo y, mucho menos, superar un vallado, sobre todo para alguien que no es adicto a este tipo de medicamentos.

    Los encargados del mantenimiento de la casa se despertaron pasada la media noche a consecuencia de unos gritos: ¡Gloria...! ¡Gloria...! El marido y su esposa saltaron de la cama y se ofrecieron a participar en la búsqueda de la joven, pero recibieron la orden de que se callaran y volvieran a acostarse. Les razonaron que, al carecer de permiso de residencia, era mejor que no tuvieran nada que ver con la Policía, para no arriesgarse a ser expulsados de España.

    “Del bungalow de Gloria saqué algunos papeles escritos por ella –recuerda la mujer, Estela Vasileva– y se los entregué a Jesús Baños, el camarero, para que se los diese a los padres de la niña. Al día siguiente vino una auxiliar a preguntarme por ellos. Le dije que los había tirado a la basura. Poco después observé desde mi ventana cómo los doctores Rivas -primo del gerente del negocio- y Soler buscaban con nerviosismo en el contenedor de la basura”.

    La creencia de que ocurrió algo siniestro era general. Varios antiguos empleados piensan que la medicación fue letal, al inyectarle más dosis de la aconsejada en tales casos, y que se deshicieron del cadáver, justificando su ausencia con una fuga.

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    Los padres de Gloria Martínez.

    LEY DEL SILENCIO
    El centro se había puesto en marcha por la iniciativa de cuatro socios que solicitaron un crédito hipotecario de 80 millones de pesetas, avalando con sus propios bienes. La marcha deficitaria del mismo –la noche de autos Gloria era la única paciente ingresada– y la negativa de una subvención de la Generalitat hizo que el déficit se fuera elevando hasta los 170 millones.

    Un escándalo podría ser el remate final: cierre del centro, comparecencias ante la justicia, fuerte indemnización... La ruina. De ahí que impusieran la omertá.

    La cocinera, Reyes Martínez, y su compañero Jesús fueron despedidos al día siguiente de la desaparición y la pareja inmigrante a los 20 días. El resto siguió sus pasos o prefirió renunciar al puesto de trabajo. Las dos enfermeras al poco pusieron tierra por medio. La empresa se quitaba de encima gente molesta para sus intereses.

    El complejo terminó por cerrar, a causa de la falta de clientela. El banco que había concedido la hipoteca embargó la finca. Reseña de una quiebra anunciada.

    La familia de Gloria inundó de carteles toda la zona con su imagen y la oferta de un millón de pesetas a quien aportara algún detalle sobre su paradero. No hubo suerte. El caso acabó en los tribunales.

    La psiquiatra Soler y Zopito SAL, propietario del centro médico, fueron condenados a pagar una indemnización de 104.251’63 euros a los progenitores en concepto de daños morales. Se les achacaba un comportamiento de omisión en el deber de custodia de un paciente ingresado. “La desaparición ha supuesto para la familia una tragedia que podría entenderse equivalente a la muerte de la menor, pero que en realidad es de mayor sufrimiento que la propia muerte por lo prolongado de la incertidumbre”, decía la sentencia. La justicia cerró el caso sin que la chica fuera declarada fallecida de modo legal.

    Los padres de Gloria conocían perfectamente a su hija. Saben que, en el supuesto de que hubiera abandonado la clínica, habría regresado con ellos, su hermana menor, sus amigos y las clases en el conservatorio. Era muy metódica y formal.

    ¿Dónde está?, entonces. ¿Qué pasó en el interior de la clínica maldita? Cuando un ser querido no aparece, siempre hay espacio para la esperanza. Pero en el caso de esta sufrida familia existe la certeza absoluta de que murió. Tan solo quiere saber qué ocurrió y dónde se encuentran los restos de la chica.
     

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