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[ASESINO EN SERIE] Harold Shipman: médico y asesino en serie

Tema en 'Caso Cerrado' comenzado por The Yard, 10 de Octubre de 2017.

  1. The Yard

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    Hyde, con sus 35.000 habitantes, la mayoría hiperactivos, longevos y saludables jubilados orgullosos de sus últimas vacaciones en las islas Canarias y una economía superviviente del cierre de las fábricas de algodón que asoló la zona hace 60 años, debería ser lo que parece.


    Un pueblo ni grande ni pequeño, ni rico ni pobre, rodeado de fotogénicas colinas, a sólo diez kilómetros de Manchester, frío, pero a veces sorprendentemente soleado, orgulloso de su mercado local callejero y con un 20% de vecinos irlandeses decididos a alimentar el tópico que les supone excelentes y animados bebedores, así como cumplidores feligreses cada domingo en la bonita iglesia católica de St. Paul.

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    A la izquierda. El doctor Shipman y su mujer, Primrose, en septiembre de 1998. A la derecha Jane Ashton muestra la fotografía de una de las víctimas, su abuela Hilda Hibber.

    La cuestión es que Hyde es ahora cualquier cosa menos una anodina ciudad del norte de Inglaterra. En los folletos del ayuntamiento se incluye, entre los puntos de interés para el visitante, y al lado de la calle principal y el parque natural de Werneth Low Country, la consulta del doctor Harold Shipman... Quizá para orientar a las decenas de periodistas que días atrás invadieron el pueblo, quizá porque el centro de operaciones del mayor asesino en serie de la historia del país, posiblemente responsable de la muerte de más de 300 personas, ha terminado por convertirse en un morboso, pero inevitable punto de atracción turística.

    Harold Shipman llegó a Hyde hace 24 años, mientras el pueblo se recuperaba de otro escalofriante sobresalto. Una de sus vecinas, Myra Hyndley, en prisión desde mediados de los 60, había asesinado a cuatro niños. Nunca explicó por qué y los cadáveres de dos de ellos todavía no han sido encontrados. Shipman había empezado a trabajar en una clínica de Todmorden, otro pueblecito de 12.000 habitantes, 40 kilómetros al norte. Tenía 28 años y era, por aquel entonces (1976), un joven padre de familia casado desde hacía una década con su primera y única novia, Primrose, embarazada a los 17 años.

    El nuevo doctor. Nadie sabía en Hyde que había sido suspendido del ejercicio de la medicina durante unos meses por su adicción a un derivado de la morfina del que se abastecía falsificando recetas. Una droga similar a la diamorfina que inyectó durante un cuarto de siglo a cada una de sus víctimas y con la que les provocaba la muerte en apenas unos minutos. Y nadie se explica ahora cómo, a pesar de sus antecedentes, encontró trabajo en la misma comarca y se convirtió en uno de los médicos más reputados de la zona, famoso sobre todo entre las ancianas por su amabilidad, dedicación y agudeza a la hora del diagnóstico. Cuando en enero del año pasado un horrorizado jurado encontró culpable a Harold Shipman de la muerte de 15 de sus pacientes, 14 de ellos vecinas de Hyde, la lista de espera de su consulta era la mayor de la localidad. Todavía entonces, la mayoría de los habitantes de Hyde se negaba a aceptar que la detención y el proceso contra el doctor, un juicio que duró tres meses y en el que se le condenó a 15 cadenas perpetuas, fuera algo más que un terrible error.

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    En realidad, tenían razón. Suponer que Shipman era el autor de sólo 15 asesinatos, ninguno de ellos confesado, fue una equivocación que la policía de Manchester intuyó desde el principio de la investigación. Ahora, después de cientos de entrevistas con los familiares de cualquiera que muriera durante los 25 años en que ejerció impunemente la medicina y el asesinato, y de un meticuloso estudio de las circunstancias de cada defunción hecho público por el profesor Richard Baker, de la universidad de Lancaster, se calcula que el doctor pudo haber acabado con la vida de 297 personas. Quizá más. En realidad, sólo una persona conoce el número exacto de las víctimas y es, precisamente, el asesino, de 55 años, que cumple condena en la prisión de alta seguridad de Frankland, en Whitby. Un hombre empecinado en un silencio que comparten su mujer, la única que le visita cada semana y que incluso ha alquilado un piso cerca de la cárcel, y sus cuatro hijos: Sarah, de 33 años; Christopher, de 29; David, de 21 y Sam, de 18.

    El estudio de Baker, gracias a una estadística que comparaba el número de certificados de defunción firmados por Shipman con el de la media de sus colegas, revelaba escalofriantes conclusiones. Ya en Todmorden, su primer destino, firmó 17 certificados de defunción en sólo nueve meses. Durante los 24 años que ejerció en Hyde certificó la muerte de 521 pacientes. El récord de cualquiera de sus colegas en la misma época y el mismo lugar no pasaba de 200.

    El Doctor Muerte, como era ya conocido desde hacía años por otros médicos en Hyde antes de que nadie sospechara lo acertado del apodo, había estado presente en el momento de la defunción en una proporción 25 veces por encima de lo habitual y el 80% de sus pacientes había fallecido solo y en menos de 30 minutos, una circunstancia que no se repite en más allá del 40% de los casos en Inglaterra. La inmensa mayoría de los enfermos fallecía además entre las 13.00 y las 19.00 horas y, curiosamente, la mortalidad en Hyde parecía estar directamente relacionada con la proximidad del domicilio de los pacientes a la consulta del doctor.

    ¿Realmente y durante un cuarto de siglo nadie sospechó del comportamiento del doctor Shipman, más allá de unos colegas sorprendidos por el altísimo porcentaje de muertes entre sus pacientes y en los que finalmente se apoyó una incipiente y aparentemente débil investigación policial? Parece que no. Lo más que alcanzan a decir los estupefactos vecinos de Hyde, resignados a pasar cada tarde en el mismo pub del centro del pueblo después de que la competencia cerrara por defunción de su propietaria, una saludable paciente de Shipman, es: "Nunca permitía discusiones. Siempre zanjaba cualquier cuestión con un `yo soy el médico y sé lo que le conviene'", "podía ser arrogante y autoritario, se consideraba una persona muy inteligente. El problema es que los demás compartíamos esa opinión"… Pequeñas críticas que coinciden con el informe de los psiquiatras que le examinaron y le definieron como tendente a la ciclotimia y con un alto concepto de sí mismo, pero que no bastan para convertir a nadie en un asesino en serie. "Muy al contrario", dice Jane Ashton Hibbert, nieta de Hilda Hibbert, asesinada por Shipman en diciembre de 1996. "Incluso después de su condena por las primeras 15 muertes y mientras la policía investigaba el caso de mi abuela, algunos vecinos se acercaban a nuestra casa realmente enfadados para intentar convencernos del tremendo error que cometíamos acusando al bueno del doctor Shipman. Nosotros sólo queríamos estar seguros de que todo se había hecho de una forma correcta. Era nuestro médico, confiábamos en él, había cuidado de nosotros desde siempre...".

    Hilda Hibbert falleció a los 81 años. Vivía sola y no tenía más problemas de salud que una incipiente, pero dolorosa, artritis. "Usted misma puede ver en esta foto lo llena de vida que parecía. Sus dedos estaban causándole problemas, así que llamamos al doctor y le pedimos que la visitara. Yo aproveché que Shipman estaba con ella y que mi abuela parecía encontrarse perfectamente para salir durante una hora. Cuando volví a su casa la encontré muerta sobre su sillón. Por supuesto, telefoneé a Shipman inmediatamente, no podía creer lo que había sucedido. Él nos dijo que al reconocerla se había dado cuenta de que su presión arterial era muy alta y que no le sorprendería que hubiera sufrido una trombosis. Le preguntamos si era necesario hacer una autopsia y, cuando contestó que no, pensamos que sólo intentaba facilitarnos las cosas.

    Todo empezó a salir a la luz cuando, en septiembre de 1998, el doctor fue arrestado, acusado de la muerte de Kathleen Grundy, fallecida en junio a los 81 años. Shipman fue la última persona que la vio con vida. La había llamado esa mañana para hacerle un análisis de sangre rutinario… Aparentemente, dos semanas antes, la adinerada Kathleen Grundy había firmado un nuevo y confuso testamento con un único heredero: el doctor Shipman. Un documento que, tal y como sospechaba la familia, resultó falso y sirvió, junto a las sospechas de la doctora Reynolds -sorprendida por la tasa de mortalidad de su colega-, para inculparle como sospechoso de asesinato y llevó a su detención tres meses después. El cuerpo de Grundy fue exhumado y la autopsia reveló que la causa de la muerte había sido una sobredosis de morfina.
     
  2. The Yard

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    Sospechas. Inmediatamente, muchas familias comenzaron a atar cabos. La mayoría recordó muertes fulminantes y sorprendentes. "Muchos teníamos la misma idea en la cabeza", reconoce Suzanne Bennison, nieta de Edith Brock. "¿Sabe? De alguna manera, desde la muerte de mi abuela, el 8 de noviembre de 1995, yo intuía que algo no iba bien. Las circunstancias fueron especialmente sospechosas. El doctor había ido esa mañana a visitarla. La policía descubrió más tarde que ni ella se lo había pedido ni en el libro de visitas de su consulta aparecía su nombre. Mi abuela vivía sola, pero su vecina vio cómo el doctor Shipman salía de la casa. Se preocupó e intentó detenerle para preguntarle si mi abuela necesitaba ayuda, pero Shipman llegó hasta su coche y se marchó. Unos minutos después decidió llamar a la puerta de mi abuela y se dio cuenta de que estaba abierta. Shipman había olvidado cerrarla. Mi abuela estaba sentada en su sillón, muerta".
    Shipman certificó que la causa de la defunción había sido una angina de pecho. "Pero Edith nunca había sufrido del corazón. Era una mujer muy activa, cada mañana caminaba unos ocho kilómetros y un par de días a la semana acudía a sus clases de baile. Le encantaba bailar… Yo sugerí una autopsia y nos dijo que no era necesaria. Recuerdo lo frío que se mostró cuando le telefoneamos después de descubrir el cuerpo. En ningún momento mencionó su visita de aquella mañana. Simplemente me miró y me dijo: `No te preocupes, tuvo una buena vida'. He pensado mucho en ello, pero no puedo imaginar por qué nadie haría algo así", cuenta. La policía tampoco, ni la juez que instruyó el caso y que, repetidamente y sin éxito, pidió al acusado algún tipo de explicación.

    El dinero sólo resultaba un móvil convincente en el caso de Kathleen Grundy y su burdamente falsificado testamento, pero lo cierto es que Shipman nunca obtuvo ningún beneficio económico de sus víctimas. ¿Entonces? "Imagino", dice Jane Ashton, "que disfrutaba sintiéndose poderoso, decidiendo sobre la vida y la muerte. Era un racista, odiaba a los católicos. Ahí está la raíz de todo…". Una opinión que se ha extendido entre los vecinos irlandeses de Hyde y que no tiene fundamento estadístico (sólo el 15% de las víctimas profesaba esa religión), pero sí un origen razonable. Efectivamente, la policía se dirigió en principio a las familias católicas porque entre los protestantes la cremación está mucho más extendida.

    El padre Dennis Mahefker tiene también su propia teoría. "Puedo decirle que los católicos le disgustaban. Tan cierto como que usted y yo estamos ahora sentados en esta habitación. Pero no creo que esa fuera la causa. Experimentaba algún tipo de placer estando cerca de la muerte. Antes de extender un certificado de defunción, cuando no se considera necesaria una autopsia porque la causa de la muerte resulta muy obvia, el médico suele realizar un examen muy superficial. Shipman pedía que desvistieran el cadáver y a veces permanecía durante más de media hora a solas con el cuerpo. ¿No es esto suficientemente revelador?".

    Además de la hipótesis de la necrofilia, la policía también apunta la posibilidad de un daño psicológico causado cuando, en plena adolescencia, Shipman vio a su madre morir después de un interminable y dolorosísimo cáncer. ¿Intentaba el doctor evitar cualquier sufrimiento presente o futuro a sus pacientes? "Creo que ésa es es sin duda la razón", dice Karen Shepherd, directora de una sucursal bancaria en Todmorden. "Me parecería injusto no decir que Shipman me salvó la vida cuando tenía diez años. Me habían diagnosticado una extraña infección en la sangre y él descubrió que padecía osteomelitis. Poco después se dio cuenta de que mi hermana tenía un soplo en el corazón. Creo que es un excelente médico y que, quizá, no soportaba la idea de que sus pacientes murieran tras una larga y terrible enfermedad".

    Psicópata, necrófilo o convencido de los beneficios de la eutanasia precoz, lo único que Shipman parece dispuesto a dejar ver es su férrea determinación a no reconocer ni uno solo de los crímenes. Probablemente, y aunque continúa la investigación que intenta determinar cuántas fueron exactamente sus víctimas, no se enfrentará a un nuevo juicio. El Ministerio Fiscal ya ha reconocido que sería imposible encontrar un jurado imparcial.

    Seguramente, tampoco abandonará mientras viva la prisión de Frankland. El asesino más prolífico de la historia de Inglaterra se levanta a las seis y media cada mañana, desayuna tostadas y judías y pasa los días transcribiendo en el taller de la prisión textos al sistema braille, leyendo The Guardian y contestando a las numerosas cartas de apoyo que recibe. No ha pedido a sus abogados que consideren una apelación y apenas mantiene contacto con sus hijos. Primrose, su mujer, parece la única convencida de su inocencia. Shipman se las ha arreglado para mantenerse ocupado dentro de la cárcel. El Doctor Muerte, siempre dispuesto a atender cualquier consulta de un compañero de galería, ve cómo poco a poco crece el número de sus nuevos y agradecidos pacientes.
     

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