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[ASESINO EN SERIE] Johan “Jack” Unterweger

Tema en 'Caso Cerrado' comenzado por Bentham, 29 de Octubre de 2017.

  1. Bentham

    Bentham Administrator Miembro del Equipo

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    Johan “Jack” Unterweger nació en Austria, el 16 de agosto de 1952. Su madre, Teresa, se ganaba la vida ejerciendo la prostitución. Su padre fue un estadounidense que combatió en la Segunda Guerra Mundial. Este soldado simplemente tuvo sexo pago con la madre de Jack y, como suele pasar en las guerras, tal vez ni se enteró luego de nada. Pero, como fuese, ni Johan ni su madre lo volvieron a ver. Pero tampoco su madre estaba dispuesta a criarlo, por lo que, el niño continuó su vida sin padres. Siendo muy pequeño fue a vivir con su abuelo, un alcohólico irrecuperable que, además, mantenía relaciones sexuales con distintas mujeres delante de los ojos del niño. Además, este abuelo desaprensivo, que vivía en la extrema pobreza, jamás se ocupó de que el pequeño fuese a la escuela. Sólo la gran inteligencia de Unterweger lo sacó del analfabetismo; que aprendió a leer y escribir solo y ya estando en prisión.

    Tenía apenas 14 años cuando comenzó su carrera de delincuente atracando a prostitutas. A los 16 años fue a parar por primera vez a prisión, por haber asaltado y golpeado con un caño metálico a una mujer; precisamente, a una prostituta. Pero la cárcel no funcionó en él como un factor disuasivo, sino que, por el contrario, lo alentó a ir más lejos en su carrera criminal. Jack ya no sólo asaltaba prostitutas, sino que también robaba automóviles, por lo que fue detenido una y otra vez, entre 1966 y 1973.

    Cada vez que el joven austríaco abandonaba la prisión, su violencia aumentaba y el delito le era más familiar. Su primera víctima mortal llegó en 1974.
    Esa vez Jack Unterweger fue asistido por una ramera de nombre Barbora Scholz. Ambos ingresaron a robar al departamento de la estudiante alemana Margaret Schaeffer, que se encontraba adentro. Después de cargar con el dinero y algunas cosas de valor que encontraron, los asaltantes ataron a la joven Margaret y la llevaron a un bosque cercano. Allí Unterweger le exigió a la estudiante que le practicara sexo oral. Como la chica se negó, la ira encegueció al austríaco, que la golpeó con su inefable caño de acero. Luego, la estranguló con el corpiño de la propia víctima.

    Delatado por su cómplice Barbora Scholz, y atrapado rápidamente por la policía, que sabía perfectamente dónde buscarlo, Unterweger fue condenado por un tribunal a cadena perpetua en 1976 y fue a prisión. Allí comenzó una nueva historia.

    Un modelo social
    Jack había llegado a la cárcel en la que debería estar encerrado por el resto de sus días y, casi analfabeto, decidió utilizar ese tiempo y su gran inteligencia para aprender a leer y escribir primero, y para dedicarse luego a la literatura.

    El investigador Nigel Blundell, que conoció al asesino en prisión, comentaba: “En cada oportunidad que tuvo, estudió minuciosamente todos los libros a su al
    cance. Leyó a los grandes escritores. Editó un periódico en la prisión y también una revista literaria...”

    Lo cierto es que, cuatro o cinco años después de haber sido encerrado, Unterweger comenzó a escribir poemas, cuentos y obras de teatro. Pero su verdadero salto a la popularidad, fuera de los estrechos márgenes de la prisión, ocurrió en 1984, cuando se publicó su autobiografía: Purgatorio: un viaje a la prisión. Allí, con notable pulso literario, Jack narraba su infancia, su adolescencia y también su actividad criminal. La obra ganó un premio y pronto se convirtió en bestseller.

    Luego de ocho años de encierro y con centenares de libros leídos, Johan Unterweger se había convertido en una celebridad. Los periodistas no se cansaban de pedirle entrevistas, y comenzó a ser el centro del reclamo de grupos de intelectuales y militantes políticos reformistas que pedían su libertad alegando que el autor de Purgatorio... era, efectivamente, un victimario, pero también una víctima de la sociedad en la que le había tocado crecer. Además, alegaban que el arte lo había reformado.

    Los astros se habían alineado para que “El estrangulador de Viena”, como pasaría luego a la historia, recuperase su libertad. Elfriede Jelinek, la escritora que obtendría el premio Nobel de Literatura en 2004, se puso al frente de la campaña para que ese peculiar escritor recuperase la libertad.
    Por fin, el 23 de mayo de 1990, luego de quince años en prisión, Johan Unterweger fue liberado. Era toda una celebridad.

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    “Se acostumbró a aparecer en los programas televisivos, conceder entrevistas y opinar sobre diversos tópicos. Sobre todo, disfrutaba al participar en programas de debates acerca del tema de seguridad pública, la rehabilitación carcelaria y la posibilidad de que los criminales se reformaran. Enfundado en un traje blanco y lu ciendo una flor roja en la solapa, discutía con funcionarios, criminólogos, periodistas e intelectuales en programas televisivos. Daba su opinión y la gente lo escuchaba; la opinión pública lo consideraba la voz más autorizada para hablar de la reinserción de un delincuente en la sociedad. Se transformó en un símbolo de que el sistema sí funcionaba”.

    Atractivo, amable, inteligente, culto y reconocido por la intelectualidad vienesa, Jack se había convertido en un hombre de consulta para críticos literarios, periodistas y especialistas en ciencias sociales. Era invitado a brindar coloquios y conferencias, así como a escribir columnas en revistas prestigiosas. Además, su auto biografía llegó al cine. Lo que la sociedad ignoraba era que dentro de aquella figura cautivante, enfundada en ropas claras, convivían el Un terweger escritor y el oscuro asesino.

    Supuestamente lejos de Jack
    Blanka Bockova era una prostituta checa que durante el día trabajaba en una carnicería de Praga, intentando reunir, con ambas actividades, un salario razonable. El 14 de septiembre de 1990, ya terminado su horario laboral diurno, la muchacha salió a tomar unas copas con unos amigos.
    Se dirigieron a la llamada Plaza de Wenceslao. Sus amigos le relataron luego a la policía que Blanka estuvo con ellos hasta las 23.45, hora en que se alejó acompañada de un desconocido de aspecto muy elegante. Nada hacía prever un drama. El cuerpo de Blanka fue encontrado a la mañana siguiente a orillas del río Moldava, cubierto por hojas y ramas. Estaba desnuda, con las piernas abiertas de modo muy provocativo. Había sido golpeada y estrangulada, pero no había signos de viola ción. Tampoco de robo, porque conservaba un anillo de oro en uno de sus dedos. Los especialistas determinaron que la muerte había ocurrido apenas unas pocas horas antes. El raid mortífero del Estrangulador de Viena había comenzado.
    Poco más de un mes después, otra prostituta, Brunhilde Masser, desapareció de los lugares que solía frecuentar en la localidad austríaca de Graz. La última señal de vida de la mujer databa del 26 de octubre de 1990. Pero su caso sería seguido por otro en muy breve tiempo pues, apenas iniciado el mes de diciembre, el día 5, se dio otra desaparición similar. Esta vez, la prostituta se llamaba Heidemarie Hammerer, y la localidad de donde desapareció era Bregenz, una ciudad del oeste de Austria, famosa por sus conciertos veraniegos de música clásica, con su escenario en medio de las aguas del lago Constanza. El día 30 de aquel mes, unos turistas encontraron con horror sus restos, yacentes en medio de un bosque. Como el de Blanka, su vientre había sido cubierto con ramas y hojas secas. Esta mujer tampoco había sido víctima de robo, pues conservaba sus joyas. Le habían cortado un trozo del vestido. Lo encontraron metido en su boca, para que no pudiese gritar.

    Era tiempo de temperaturas bajas en el hemisferio norte. El examen patológico, contando con la ventaja de una mayor conservación del cuerpo, dio como resultado “estrangulamiento”. El instrumento usado fue una prenda conocida como pantimedia, seguramente de la propia víctima. Pero, además, unas evidentes marcas en las muñecas daban cuenta de una sujeción con esposas o algún otro tipo de ligadura fuerte. El asesino también la había golpeado, pues varias partes del cuerpo presentaban hematomas. Tampoco había en este caso rastros seminales. Unas fibras de color rojo, esparcidas en las inmediaciones y sobre el cuerpo de la víctima, fueron el hilo conductor con el que comenzaron a trabajar los policías federales.
    Apenas habían empezado a trabajar, cuando recibieron otra denuncia. Uno turistas había descubierto un cadáver en un bosque de Graz. Se trataba de una mujer cuyo cuerpo, recostado sobre el lado derecho, estaba completamente desnudo y había sido cubierto con hojas. Conservaba todas sus joyas, por lo que, una vez más, el móvil del asesinato no había sido el robo. La víctima había sido golpeada, apuñalada y estrangulada con sus propias medias. Pese al avanzado estado de descomposición en que se encontraba el cuerpo, los investigadores pudieron determinar que se trataba de Brunhilde Masser, la joven que había desaparecido el 26 de octubre de 1990.
     
  2. Bentham

    Bentham Administrator Miembro del Equipo

    Distintas ciudades, un mismo patrón
    Las características que presentaban los cadáveres dejaban pocas dudas respecto de que las dos víctimas habían sido ultimadas por el mismo asesino. Pero la
    policía austríaca casi no contaba con pistas de peso que pudieran llevarla a dar con criminal.
    El 7 de marzo de 1991 fue reportada ante la policía la desaparición de otra pros tituta llamada Elfriede Schrempf. La familia informó, además, que dos días des pués de su desaparición, un hombre llamó por teléfono para cubrir de insultos a Elfriede a la que, dijo, aborrecía por ser una ramera. El llamado se repitió al día si guiente, y luego no hubo más noticias sobre el desconocido. El desconcierto de la policía austríaca era directamente proporcional a la pulsión
    asesina que se había apoderado de Unterweger, quien, dispuesto a desorientar más aun a los investigadores policiales y dar rienda suelta a sus impulsos crimi nales, se trasladó a Viena.

    En la capital de Austria, en menos de 30 días el “Estrangulador” dio cuenta de cuatro prostitutas: Silvia Zagler, Sabine Moitzi, Regina Prem y Karin Eroglu. Ellas simplemente desaparecían. El 20 de mayo del mismo año, fue encontrado el cadáver de Sabine Moitzi, y tres días más tarde, el de Karin Eroglu. Todo llevaba a pensar que ambas jóvenes habían sido víctimas del mismo asesino. Los dos cuerpos fueron hallados en una zona boscosa y solitaria; ambos estaban acostados sobre un lado y tenían signos de haber sido estrangulados con su propia ropa. Sabine apenas tenía puesta una camiseta; el cuerpo de Karin estaba desnudo.

    Si bien los investigadores policiales estaban casi convencidos de que se trataba de un asesino serial, públicamente desmentían la versión para no causar pánico en la población. Los medios, sin embargo, daban por hecho que se trataba de un mismo criminal, ya bautizado como “El Estrangulador de Viena”.
    Para sostener la vendedora hipótesis de que las jóvenes habían muerto a manos de un asesino serial, algunos medios decidieron dar a los casos cobertura especial, yse preguntaron a quién encomendarle la tarea.

    Un retirado debe descansar
    Si había un especialista en el tema y podía escribir sobre eso, aquel hombre no era otro que Jack Unterweger, quien aceptó encantado la propuesta.

    El caso de las prostitutas asesinadas en Viena dio un giro dramático cuando el es poso de Regina Prem, casada y madre de familia, le contó a la policía, y luego se filtró a la prensa, que pocos días después de la desaparición de su esposa, recibió el llamado de un hombre que le dijo:
    “Yo fui su verdugo, y Dios me ordenó hacerlo. La tiré en un lugar de sacrificio, con la cara vuelta hacia el infierno. Les he dado a muchas de ellas el castigo que se merecían”.
    Era evidente que al asesino, fuera quien fuese, ya no le bastaba con dejar su firma en los cadáveres; debía comunicárselo con su propia voz al mundo entero. Desde su flamante rol de reportero, especializado en policiales, El Estrangulador de Viena emprendió la tarea de entrevistar a los investigadores a cargo del caso, a criminalistas y a políticos. En sus artículos, cada vez más llenos de detalles, sostenía con fuerza que se trataba, en efecto, de un asesino serial.

    La punta del ovillo que llevaba a Jack fue asido por un exmiembro activo del Departamento de Investigación Criminal de Salzburgo.
    August Schenner estaba ya retirado pero, como en un guion de Hollywood, seguía el caso con sumo interés. ¿Qué había llamado especialmente su atención? El modus operandi.

    August tomó sus notas, realizó comparaciones, y expuso su idea de que el caso es taba emparentado con uno que años atrás había tenido que investigar. No le dieron crédito, sobre todo por lo notorio del presunto inculpado: Jack Unterweger. Todos lo veían reportando el caso. Incluso el notorio escritor se indignaba por la crueldad de los asesinatos, culpaba de inacción o impericia a las autoridades, prestaba voz, de alguna manera, a la impotencia y el sentimiento de rabiosa indefensión de sus lectores. Pero August era tozudo, y estaba seguro de que su hipótesis era valiosa. La policía decidió vigilar a Jack pero, ante lo infructuoso de seguir a un hombre que sólo cumplía con sus rutinas de escritor y reportero, no quiso gastar en él los recursos que debía dedicar a la investigación del verdadero asesino, y la vigilancia fue levantada.

    August Schenner, en efecto, había sido en sus épocas de miembro activo el encargado de investigar y mandar a prisión a Unterweger, y hallaba una misma mecánica homicida y una forma idéntica de elegir a sus víctimas, mujeres del tipo del que este hombre había comenzado a hostigar siendo un adolescente. Pero todos daban por sentado que lo mejor que podía hacer un investigador retirado era descansar.
     
  3. Bentham

    Bentham Administrator Miembro del Equipo

    Instinto, trabajo, suerte
    El 11 de junio de 1991, el agraciado y reconocido Unterweger abordó un avión que lo llevaría hasta Los Ángeles, en Estados Unidos. Una revista austríaca lo había contratado para que escribiera una serie de artículos sobre la prostitución en ese país de América del Norte. Para Jack, que sospechaba que la policía austríaca lo había estado observando, aquélla fue una grata noticia. Mientras tanto, en Austria ocurría un hecho que sería definitorio para la suerte del
    Estrangulador de Viena: Ernst Geiger, segundo jefe general de la policía austríaca, había sido designado para continuar con la investigación de las prostitutas asesinadas. ¿Qué haría? ¿Tomaría en cuenta aquella sugerencia de August o no? No era
    en todo caso para ventilarla, si optaba por continuar con la hipótesis. Los pro bados viajes de Unterweger podrían ser una clave para cruzar información, pero para Geiger se imponían el silencio y la prudencia.

    La primera y principal tarea a la que se abocaron los investigadores liderados por Geiger fue la de reconstruir los movimientos de Jack, al menos abarcando un año y medio. Para ello siguieron las pistas que dejaban los tickets de sus tarjetas de crédito, sus pases en hoteles y sus pagos en restaurantes y agencias de alquiler de automóviles.
    Así, supieron que, en efecto, había estado en Graz justo en las fechas de los asesinatos; también en Bregenz cuando desapareció Hammerer; en Praga cuando fue asesinada Blanka Bockova. Aquello no podía ser coincidencia. Con esa información, Geiger terminó de convencerse de que Unterweger era el asesino serial que buscaba, pero aún le quedaba (¡nada menos!) poder presentar la evidencia necesaria.

    Esta vez, la suerte decidió estar del lado del experimentado detective. Durante las cinco semanas en que el Estrangulador estuvo en Estados Unidos, no hubo ningún crimen de prostituta alguna. En cambio, sí hubo tres asesinatos de prostitutas en Los Ángeles, ¡con la misma modalidad de los que se habían producido en Austria a lo largo de casi un año!
    Las mujeres Irene Rodríguez, Sherri Ann Long y Shan non Exley aparecieron tiradas en callejones oscuros, todas estranguladas con sus propios corpiños. Era la misma “firma” del asesino que había matado en Austria. Geiger no podía conciliar el sueño; un paso en falso, y todo se le iría al diablo. Debía ser paciente, reunir evidencias, esperar.
    Como sin una evidencia concreta no podría enviar al Estrangulador a juicio, el sabueso apostó a su instinto. Jack había comprado un auto marca BMW al salir de prisión pero, luego de su estadía en República Checa, lo había vendido para comprarse un Volkswagen Passat. Geiger logró identificar al hombre que había comprado ese BMW, y éste lo autorizó a que la policía revisase el auto. Y allí, otro golpe de suerte. En uno de los asientos apareció un cabello que, según el laboratorio policial, pertenecía a Blanka Bockova, la prostituta asesinada en Praga. “¡Bingo!”, habrá exclamado Geiger.

    Todos dejamos huellas
    Ahora el investigador no sólo tenía una evidencia muy fuerte, pues le llegó un nuevo premio a su trabajo. Los investigadores norteamericanos Jim Harper y Fred Miller, encargados de dilucidar la muerte de las tres prostitutas de Los Ángeles, se comunicaron con el detective austríaco para informarle que los cadáveres de las mujeres habían aparecido muy cerca del hotel en el que se alojaba Unterweger. Sin embargo, el experimentado policía sabía que, si quería estar seguro de que el Estrangulador fuese sentenciado, debía obtener más evidencia. Con el cabello en su poder pidió, y obtuvo, una orden de cateo al departamento de Jack. Allí con siguió la segunda y concluyente prueba incriminatoria: la bufanda roja de Unterweger estaba tejida con las fibras que habían aparecido sobre el cadáver de la joven Heidemarie Hammerer.

    Antes de que el juez emitiera la orden de detención, los amigos periodistas del Estrangulador le informaron que sería detenido. El apuesto Unterweger y su joven y bella novia, Bianca Mrak, de tan sólo 18 años, se fueron a Miami. En Viena, intelectuales, periodistas y aun políticos estaban convencidos de que la
    policía, incapaz de hallar al verdadero asesino serial, querían transformar a Jack en el chivo emisario, y por ello estaban dispuestos a defenderlo públicamente. Durante el vuelo, y ya instalado en Miami, Unterweger se comunicó con todos sus amigos de los medios, pidiéndoles ayuda. La consiguió, al menos desde los artículos de los diarios que cargaban duro sobre las autoridades policiales. Pero no sabía que también la policía de Los Ángeles andaba tras sus pasos y que mentirle al personal migratorio, como él había hecho, era un delito grave en los Estados Unidos. En efecto, el visitante no había informado en aduana del proceso penal que lo había llevado a prisión durante quince años. Para entonces, la policía austríaca había hecho dos movimientos claves. El pri
    mero: había contactado a la madre de Bianca para que informara cuál era la dirección en la que se hallaba su hija, cuando ésta se comunicara para pedirle dinero, algo que hacía habitualmente. El segundo: informó a Interpol que Jack estaba en Miami, aunque de momento desconocían la localización exacta en la que se hallaba.

    En efecto, a los pocos días Bianca le envió un telegrama a su madre pidiéndole di nero y consignando la sucursal de Western Union a la que debía ser enviado. La madre le informó a la policía austríaca, ésta a Interpol, e Interpol a la policía de Miami, enviándole una foto de Jack, otra de Bianca y una orden de detención para el Estrangula dor. Se lo acusaba de haber mentido en migraciones y de los crímenes en Austria.
    Por fin, el 28 de mayo de 1992, Johan “Jack” Unterweger fue extraditado a Austria. Lo aguardaban una celda, un tribunal y una opinión pública muy favorable, sedu cida por la imagen de mártir y hombre de viejo pasado presente nuevo, imagenalentada por los medios de comunicación amigos.

    Un seductor en apuros
    El juicio contra el Estrangulador de Viena comenzó más de dos años más tarde, en junio de 1994. Pasaron por el estrado criminólogos, policías, detectives (incluso los estadounidenses), y se exhibieron las evidencias con las que se contaba. Nada, empero, parecía torcer la opinión favorable al asesino que mantenía la prensa. Unterweger, desde la prisión, la alentaba con cartas dirigidas a diarios y revistas, y seguía asumiéndose como víctima.
    Desde los Estados Unidos llegó la información de que el laboratorio de la policía de Los Ángeles había hallado semen del Estrangulador en las vaginas de las prostitutas asesinadas. Pero, como también había semen de otros hombres, la evidencia, con ser impactante, no era concluyente.
    Pero también desde Norteamérica llegaría la prueba que habría de sellar la suerte de Unterweger. La policía de Mia mi había encontrado el diario que llevaba el Es trangulador de Viena, y allí el asesino consignaba que su propósito era asesinar a Bianca, su joven novia, y luego huir hacia otro país.
    Aquello fue como un baldazo de agua fría para todos los que lo defendían con su buena fe. Incluso, la prueba resultó tan terminante que ya ningún periodista pudo volver a escribir a favor de Unterweger. La propia Bianca que, hasta entonces, lo acompañaba y lo defendía, se alejó definitivamente de él.
    Dos meses y medio después de haber comenzado el juicio, el jurado lo encontró culpable de nueve asesinatos y lo condenó a cadena perpetua. Pero Johan “Jack” Unterweger, el Estrangulador de Viena, no pensaba volver a prisión. La misma noche de la sentencia, hizo un nudo con los cordones de sus zapatos,
    un nudo igual al que hacía para matar a sus víctimas, y en el único momento en que los guardias se descuidaron, se ahorcó.

    Paradójicamente, el gesto que tenía como objetivo librarse de volver a prisión conmocionó a la opinión pública austríaca, en gran medida impulsada, nueva
    mente, por la prensa, que atribuyó el suicidio al acto final de un inocente conde nado por un sistema judicial injusto. Como suele ocurrir en estos casos, novelistas, directores de cine y editoriales se abalanzaron sobre un producto que prometía ser sumamente rentable y, en efecto, lo fue. Sus libros se vendieron de a miles, se filmó su historia y se noveló su vida.

    Más significativo aun fue el hecho de que, como la sentencia que lo condenaba a cadena perpetua no pudo ser apelada, para la justicia austríaca, Johan “Jack” Unterweger figura como inocente. Nos lo imaginamos con su rostro de actor de cine, sintiendo haberles ganado a todos la partida. Pero ¿quién realmente sabe?
     

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