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[CRÓNICA NEGRA] Los sicarios del diablo

Tema en 'Caso Cerrado' comenzado por Kamila, 11 de Noviembre de 2017.

  1. Kamila

    Kamila New Member

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    “Estábamos sentados en el sofá y de pronto, Daniel se puso de pie. Golpeo con el Martillo a Frank. Mi cuchillo brillaba y escuche una voz que decía: “Apuñálale en el corazón”. Entonces se lo clave. Vi una luz a su alrededor. Era su alma, que había salido del cuerpo. En ese momento recitamos una letanía satánica”.
    Este escalofriante testimonio fue presentado con total sinceridad, por Manuela Ruda, una joven alemana de 23 años, durante el juicio en el que ella y su marido eran juzgados por el brutal asesinato de su amigo Frank Hackert.
    Los hechos se remontan al 6 de julio de 2001, aquel día los Ruda atrajeron al joven Hackert, antiguo compañero de trabajo de Daniel, hasta su departamento, en la pequeña localidad de Witten, al oeste de Alemania.

    Una vez allí y sin previo aviso, Daniel le asestó un golpe con un martillo mientras dejaba a su compañera que lo apuñalara. Le grabaron un pentagrama invertido en el pecho, símbolo del demonio que ellos adoraban.
    Pero ahí no acababa la cosa: recogieron su sangre en un recipiente y la bebieron. Y para completar su ordalía de sangre, los asesinos fornicaron dentro de un ataúd que Manuela utilizaba para dormir durante el día al mejor estilo vampiro. Tres días después de cometer el crimen, la policía entraba en el departamento descubriendo el cadáver de Hackert y su sangre esparcida por las paredes.
    La madre de Manuela había recibido una carta de su hija en la que decía: “No soy de este mundo. Debo liberar mi alma de la carne mortal”.
    Temiendo que su hija hubiera hecho algo terrible, decidió avisar a la fuerza de seguridad y la policía ingresó topándose con algo horroroso.

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    No sólo estaba el cuerpo exánime de Hackert; la vivienda era tétrica pues estaba repleta de cráneos humanos, cuchillos y machetes colgados de la paredes, con un surtido de objetos satánicos. Además, se encontraba una lista macabra con 15 futuras víctimas para inmolar a Satán.
    La pareja no estaba, pero la búsqueda de ambos dio su fruto cuando se los detuvo en la ciudad de Jena.
    En el juicio no dudaron en reconocer el crimen, pero se excusaron diciendo que habían sido comandados por Satanás:
    “No fue un asesinato, sino una ejecución. Satán nos lo ordenó. Debíamos obedecer, Teníamos que matar. No podríamos ir al infierno a menos que lo
    hiciéramos”. Y añadió fríamente: “Queríamos asegurarnos de que la víctima sufriera”.

    El veredicto del tribunal fue más suave de lo que exigía la familia de Hackert: Manuela fue sentenciada a trece años de prisión y su marido recibió una condena de quince.

    El juez Arnjo Kersting-Tombroke resolvió que antes de ingresar en una prisión convencional ambos deberían recibir tratamiento psiquiátrico. Y como suele suceder, los psiquiatras libraron a la detestable pareja de una condena mucho más rigurosa al dictaminar que eran “individuos profundamente perturbados”.
    Daniel y Manuela aparecieron durante el juicio con una estética siniestra: ropas negras, botas militares, cruces invertidas y peinados llamativos. La propia joven explicó que se había iniciado en el satanismo en el ambiente metalero del Reino Unido.

    Allí frecuentó tribus urbanas de este tipo, llegando a efectuar prácticas de vampirismo lamiendo la sangre de personas anónimas que había conocido por Internet. Además, era afecta a los cementerios y solía enterrarse para entender lo que se siente estar muerto.
    Un caso más de "experimentadores", como suelen ser los asesinos seriales, pero está vez con una creencia arraigada en el diablo.
     

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